Menu
http://caminosdelibertad.org/modules/mod_image_show_gk4/cache/bazar2016.1gk-is-596.jpglink
http://caminosdelibertad.org/modules/mod_image_show_gk4/cache/bazar2016.2gk-is-596.jpglink
http://caminosdelibertad.org/modules/mod_image_show_gk4/cache/bazar2016.3gk-is-596.jpglink
http://caminosdelibertad.org/modules/mod_image_show_gk4/cache/bazar2016.4gk-is-596.jpglink
http://caminosdelibertad.org/modules/mod_image_show_gk4/cache/bazar2016.5gk-is-596.jpglink
http://caminosdelibertad.org/modules/mod_image_show_gk4/cache/bazar2016.6gk-is-596.jpglink
http://caminosdelibertad.org/modules/mod_image_show_gk4/cache/bazar2016.7gk-is-596.jpglink
http://caminosdelibertad.org/modules/mod_image_show_gk4/cache/bazar2016.8gk-is-596.jpglink
http://caminosdelibertad.org/modules/mod_image_show_gk4/cache/bazar2016.9gk-is-596.jpglink
«
»
Loading…

Reportaje: Estar preso en Bogotá

Un equipo periodístico de EL TIEMPO recorrió palmo a palmo cada uno de los lugares de reclusión que existen en la capital, desde las URI hasta las cárceles de alto impacto. Radiografía de un sistema que hace rato hizo crisis.

Jhon Peña se había suicidado la noche anterior al 23 de abril de 2013 en el patio Nuevo Milenio de la cárcel Modelo de Bogotá. Se colgó de una sábana en una madrugada llena de soledad.

Pasaba sus días en un pequeño espacio, encerrado con 32 de los 48 enfermos de VIH/sida, cuyas vidas, dicen, están confinadas a terminar detrás de los barrotes y la indiferencia del Estado.

 

Simplemente no soportó todo lo que significa estar preso en Bogotá: discriminación, sin acceso oportuno a los medicamentos para su enfermedad, asfixiado por el hacinamiento en un patio con celdas diminutas y sin alguien que lo escuchara cuando su mente le jugaba malas pasadas. Lo pudo planear.

Como este preso, hay 16.469 más confinados en espacios donde solo deberían haber 9.113, distribuidos en las tres cárceles más importantes de Bogotá: La Modelo, El Buen Pastor y La Picota. Lugares donde la convivencia debe hacerse llevadera con ratas y gatos. Sobre todo, en épocas de lluvia, en las que las cañerías rebosan toda clase de porquerías.
Esto y mucho más es lo que hay detrás de la emergencia carcelaria decretada por el presidente Juan Manuel Santos, a través de la cual el Gobierno espera desembolsar los recursos necesarios para superar la crisis.
Durante varias semanas, un equipo de periodistas de EL TIEMPO siguió paso a paso la realidad que se vive en los centros de reclusión de la capital. El 'viacrucis' comienza, por lo general, en una de las cinco Unidades de Reacción Inmediata (URI) por las que pueden pasar a diario hasta 1.000 personas capturadas en flagrancia. Quienes llegan allá se exponen a permanecer más de las 36 horas legales de reclusión –si les va bien– o meses enteros reducidos en pequeños espacios, esposados a los barrotes de las celdas o durmiendo en el piso antes de que se les defina su situación.
Las cifras son escandalosas en todos los casos, pero no superan la realidad de una prisión. Hasta 10 presos pueden apeñuscarse en un espacio de tres metros de largo por menos de dos de ancho, es como meter a 10 personas en un ascensor. Están distribuidos en colchonetas sucias, compartiendo sus propios vahos y pasando las noches debajo de las improvisadas camas o en el suelo, con el olor a humedad que desprende la ropa raída y extendida por doquier. "Aquí la soledad se siente el doble", dijo una voz que consiguió abrirse espacio en medio del tumulto de manos sin rostro que asomaban por entre las rejas.
Ir al baño es un suplicio. Los olores nauseabundos se sienten a cada paso. La explicación: excrementos humanos colman los sanitarios. "Aquí hay solo seis tazas para 1.000 internos", aseguró otro de los reclusos en el patio 1A, el de delitos sexuales, con 789 presos y donde debería haber máximo 225. Condenados y sindicados de hechos tan graves como acceso carnal violento comparten sus días.
Lo mismo decían las internas de la cárcel El Buen Pastor, temiendo que alguien de la guardia las escuchara, la misma guardia que escoltó a este medio para que no ingresara a los patios. "Por qué no dejan entrar a los periodistas para que se den cuenta de que en mi colchón hay gusanos", gritaba una de las internas. Unas 2.200 mujeres de todas las edades deben levantarse a las 3:00 de la mañana y hacer filas para alcanzar a sentir el chorro helado sobre sus cabezas. "Solo nos dan una bolsa de jabón de 500 gramos y un tarrito de Clorox al mes para lavar baños en donde entran hasta 300 personas", contó una interna. La mayoría prefiere omitir su nombre por temor a las represalias.
Las cosas son más difíciles si se es un preso enfermo. Las estadísticas del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (Inpec) solo son claras para quienes padecen enfermedades mentales o VIH-sida. Suman 502. "La población privada de la libertad es altamente demandante. Es complejo determinar el número real de internos con alguna tipología", explica en un documento la institución.
El Inpec, aunque trata, no puede llevar el control porque trabaja con escaso personal de salud que atiende a diario las necesidades de más de 16.000 internos. Solo 70 profesionales lidian con apuñalados y presos con enfermedades respiratorias y diarreas agudas. "Qué más pueden hacer si a muchos de ellos les deben hasta tres meses de sueldo", dijo uno de los guardias del Inpec.
En La Modelo, en donde todo el personal estuvo presto a ayudar, se comprobó que en el área de sanidad solo atiende un médico 24 horas en urgencias y uno en consulta externa, dijo Claudia Mariño, subdirectora de la cárcel. Y si hay emergencias más complejas, todo depende de que llegue una ambulancia del Distrito. Este medio fue testigo de que ante el desmayo de una mujer, el servicio tardó 40 minutos.
"Aquí uno se puede morir y nadie se da cuenta. Hay un español que lleva 12 meses con un tornillo quirúrgico en el dedo meñique de su mano izquierda. En una atención médica que logró con Caprecom, porque se quería suicidar, los médicos se negaron a extraer el cuerpo extraño ya que su salida del penal no había sido para eso. Lleva 12 meses con un tornillo que debía estar 40 días. Se llama Carlos Vicente Gómez", dijo Pedro Parejo, un español que comparte el patio de extranjeros con otros 179 presos de 34 nacionalidades. La mayoría de ellos está por narcotráfico.
El hacinamiento es una bomba de tiempo que puede estallar en cualquier momento. Entrar a un patio común de cualquiera de las cárceles así lo evidencia. El cuerpo de custodia y vigilancia del Inpec solo suma 1.337, casi un guardia por cada doce presos.
"Un pabellonero que custodia el patio Nuevo Milenio tiene que manejar otro a la misma vez. Es decir, 32 personas, más las otras decenas del otro. El patio se queda solo mientras el dragoneante hace el servicio en otro lado", dijo uno de los guardias de La Modelo. La institución lo sabe. "Hay carencia de personal administrativo y de guardia, así como escasez del recurso humano, como profesionales y técnicos calificados para el desarrollo de programas de atención social".
La defensa
Los presos no solo carecen de una estadía digna mientras cumplen su pena. La entrada de los abogados es un suplicio. "Las trabas son múltiples. No hay parqueaderos, las filas son interminables. No somos más importantes pero tenemos un término perentorio: o entrevistamos al cliente o no. Si no lo hacemos, no preparamos la audiencia, no podemos ir a Paloquemao, la audiencia se suspende. Eso va en detrimento del Inpec y del preso", dijo Jhon Jairo Cadena, abogado penalista, mientras peleaba por ingresar a La Modelo.
En El Buen Pastor, por ejemplo, había mujeres que decían no tener un defensor de oficio. "Me robé unas joyas, las devolví, y me dieron una pena peor que la de muchas mujeres que han asesinado a personas. Como no tengo dinero, ni influencias, nadie ha revisado mi caso", dijo Judy, una de las internas.
Para el Inpec, el presupuesto de 25.733 millones de pesos para la vigencia 2013 no alcanza. "Hay insuficiencia de recursos presupuestales para atender adecuadamente las necesidades básicas de la población reclusa y de la logística de funcionamiento", respondieron.
Pero si dentro de las cárceles las cosas no funcionan, los procesos legales menos. Muchos internos se sienten desprotegidos por la falta de diligencia de las autoridades judiciales. "Yo me robé un celular. Merezco castigo, pero también que alguien lleve mi proceso. Llevo tres meses y hasta ahora voy a ir a mi primera audiencia", dijo otro interno.
Todo esto se convierte en caldo de cultivo para que los criminales que repudia la sociedad salgan libres a seguir delinquiendo. Pese a que el Inpec trata de implementar –con los pocos instrumentos que posee y salones de talleres que se caen de viejos– programas de trabajo y desarrollo humano que han beneficiado a varios presos en Bogotá en educación informal, superior, cultural, deportiva y recreativa, la infraestructura de las cárceles no da para más. "Mucha gente dirá que todo esto no lo merecemos, pero he tenido que ver cómo los presos se llenan de más odio, dicen que van a salir a vengarse y hasta salen convertidos en peores seres humanos. Incluso los inocentes", anotó Diego Steve, uno de los presos líderes del patio 1A.

Vea la noticia original aquí.

volver arriba